Un poeta, un profeta y una bruja se encuentran un día llegando a los restos de un accidente aéreo, desde direcciones opuestas.
El poeta dice a la bruja: “¿no lo viste venir?”
El profeta los mira, y sentencia: “Estaba escrito”
La bruja los maldice y corre a buscar supervivientes.-¡Locos!-mumura.
El poeta se sienta sobre una pila de cuerpos destrozados y anuncia que la tragedia le inspira, y que va a componer “Oda a la muerte súbita del gran pájaro de hierro o por qué me ha dolido cuando una perversa pieza del engranaje osó arañarme el dedo índice”
El profeta mira su libro, el que siempre lleva bajo el brazo y dice “Estaba escrito”
La bruja sobrevuela la zona con su escoba, oteando por si hubiera signos de vida.
El poeta asesina al profeta con una pierna ortopédica en llamas por acusarle de plagio. El profeta, antes de morir, intenta articular las palabras “Estaba escrito”
La bruja encuentra una camada de gatitos maullando bajo un árbol incendiado. Son tan lindos que los sube a su escoba para llevarlos lejos. No quiere que el poeta intente guardarlos, desecados, entre las páginas del libro que le robó al difunto profeta.
Los restos del avión siguen humeando.
*no, el vídeo no pega mucho con la historia, aparte del look Elvira de Amy, pero me encanta esta canción, y la estaba escuchando, así que la he puesto igualmente.
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El cable (basado en hechos reales)
El cable siempre había colgado de la misma manera de las casas a ambos lados de la calle. Pero esa primavera, los árboles venían con fuerza arrolladora. Una rama en crecimiento descontrolado fue empujando en el espacio entre el cable y la pared, poco a poco. Hasta que al final, se salió de sus soportes, y esa mañana quedó algo más bajo, en una curva peligrosa, que al principio nadie notó...
La caja del camión contra el cable, un chasquido de trueno. Un chispazo.
El grupo de árabes tomando sus tragos en la terracita del Al-lamar dio un respingo en sus sillas. Una de las muchachas de la peluquería de enfrente soltó un “Ay” aserrado al ver la lluvia de chispas caer, según la luz se apagaba de golpe, con ruido de disparo.
-¿Qué pasa?¿Qué ha pasado con la luz?
-¡El cable! ¡El camión! ¡Qué susto!
El cable quedó colgando, y bailoteando sobre la calzada, soltando de tanto en tanto unas cuantas chispas. Y los coches pasaban por encima inconscientes del peligro de electrocución.
-Llamad a los urbanos, hay que cortar esto.
Uno de los árabes se acercó al cable, e intentó parar un poco los coches que intentaban pasar. Nadie paraba, sólo le sorteaban, algunos a bocinazos. Hizo ademán de apartar el cable bamboleante con la mano.
-¡Noooo, cuidadoooo!
-¡Que te vas a matar, tío!
No sé si el hombre entendió las palabras de las mujeres que le gritaban, pero al menos le alarmaron lo suficiente para que se retirara. Y el tráfico seguía pasando...
Hasta que entró la Marijuani en escena, salida de una de las casas.. Super-marijuani, con alpargatas, bata de flores....y una escoba de mango de plástico. Y empezó a dar órdenes. “¡Tú aquí”- a un árabe, que le miró sin entender- “ ¡Que pares a los coches, coñe!”.
Sorbida de cigarro, fumadora sin manos. “¡Tu quieto, ni me respires.! ¡Ahí, te digo!” Y escoba en mano, atrapó el cable chispeante y saltarín, como si domesticara una culebra, entre maldiciones. “¡Puto cable, la madre que lo...!”y gritos..”¡Capullo, que no te acerques, que pares el coche te digo!”. Y más gritos de las peluqueras...”¡Marijuani, que si te da te quedas”.
-Iros porai, si hemos de esperar a la urbana, nos tendrían que traer el coche de los muertos...hala, así.
Y el cable, milagrosamente, quedó atrapado por fin entre una silla de plástico del bar y el árbol más grande de la calle...y en torniquete de urgencia, enrollado por la super-escoba de la Marijuani.
-Hala, se acabó-ahora sí que podemos esperar a la urbana tranquilos.
-Marijuani, estás loca
-Mujer, es que o lo hacía yo, o teníamos inmigrante socarrinado... o rustido de conductor...
Cuando al final llegó la urbana, tranquilamente, a poner unos conos en el asfalto que los coches sí respetaron, al observar el torniquete de Marijuani, el guardia de turno sólo pudo decir:
-¡Qué valor! Yo no lo toco ni muerto.
La caja del camión contra el cable, un chasquido de trueno. Un chispazo.
El grupo de árabes tomando sus tragos en la terracita del Al-lamar dio un respingo en sus sillas. Una de las muchachas de la peluquería de enfrente soltó un “Ay” aserrado al ver la lluvia de chispas caer, según la luz se apagaba de golpe, con ruido de disparo.
-¿Qué pasa?¿Qué ha pasado con la luz?
-¡El cable! ¡El camión! ¡Qué susto!
El cable quedó colgando, y bailoteando sobre la calzada, soltando de tanto en tanto unas cuantas chispas. Y los coches pasaban por encima inconscientes del peligro de electrocución.
-Llamad a los urbanos, hay que cortar esto.
Uno de los árabes se acercó al cable, e intentó parar un poco los coches que intentaban pasar. Nadie paraba, sólo le sorteaban, algunos a bocinazos. Hizo ademán de apartar el cable bamboleante con la mano.
-¡Noooo, cuidadoooo!
-¡Que te vas a matar, tío!
No sé si el hombre entendió las palabras de las mujeres que le gritaban, pero al menos le alarmaron lo suficiente para que se retirara. Y el tráfico seguía pasando...
Hasta que entró la Marijuani en escena, salida de una de las casas.. Super-marijuani, con alpargatas, bata de flores....y una escoba de mango de plástico. Y empezó a dar órdenes. “¡Tú aquí”- a un árabe, que le miró sin entender- “ ¡Que pares a los coches, coñe!”.
Sorbida de cigarro, fumadora sin manos. “¡Tu quieto, ni me respires.! ¡Ahí, te digo!” Y escoba en mano, atrapó el cable chispeante y saltarín, como si domesticara una culebra, entre maldiciones. “¡Puto cable, la madre que lo...!”y gritos..”¡Capullo, que no te acerques, que pares el coche te digo!”. Y más gritos de las peluqueras...”¡Marijuani, que si te da te quedas”.
-Iros porai, si hemos de esperar a la urbana, nos tendrían que traer el coche de los muertos...hala, así.
Y el cable, milagrosamente, quedó atrapado por fin entre una silla de plástico del bar y el árbol más grande de la calle...y en torniquete de urgencia, enrollado por la super-escoba de la Marijuani.
-Hala, se acabó-ahora sí que podemos esperar a la urbana tranquilos.
-Marijuani, estás loca
-Mujer, es que o lo hacía yo, o teníamos inmigrante socarrinado... o rustido de conductor...
Cuando al final llegó la urbana, tranquilamente, a poner unos conos en el asfalto que los coches sí respetaron, al observar el torniquete de Marijuani, el guardia de turno sólo pudo decir:
-¡Qué valor! Yo no lo toco ni muerto.
Breve coloreado.
Con una patada blanca en la puerta destrozó, a la vez que la madera endeble, mis expectativas y la ilusión de que ese iba a ser un día tranquilo e incoloro.
-¡De aquí no te mueves, so puta!
Y de nuevo me encontré entre el puño y la pared, rodeada por el rojo del amanecer y de la sangre emborronándome la vista.
Si quería cambiar de color, tan sólo podía esperar a la venida del negro, de la noche y de la muerte. Pasivamente como siempre.
Pero aquel día no quise hacerlo.
-¡Muérete tú, so cabrón!
-¿Qué dices? ¡Espera que...
Blanco y azul era el aire desde la azotea, negro el círculo de su boca asombrada mientas caía. El rojo se desvaneció de golpe, con una sola patada.
El día se tornó tranquilo e incoloro.
-¡De aquí no te mueves, so puta!
Y de nuevo me encontré entre el puño y la pared, rodeada por el rojo del amanecer y de la sangre emborronándome la vista.
Si quería cambiar de color, tan sólo podía esperar a la venida del negro, de la noche y de la muerte. Pasivamente como siempre.
Pero aquel día no quise hacerlo.
-¡Muérete tú, so cabrón!
-¿Qué dices? ¡Espera que...
Blanco y azul era el aire desde la azotea, negro el círculo de su boca asombrada mientas caía. El rojo se desvaneció de golpe, con una sola patada.
El día se tornó tranquilo e incoloro.
El corredor sin fondo (borrador)
Las vacaciones han sido muy intensas, tanto que no he traído muchas historias escritas, aunque sí en la cabeza. Os dejo un borradorcito,algo así como un principio de relato... ya iré poniendo más cosas.
Salí corriendo, porque no me apetecía morirme justo ese día. Los días 4 son poco elegantes, fechas insulsas; salvo para los americanos, claro.
A mis espaldas, estaba seguro, pendía la posibilidad de mi exterminio en vuelo. Mis pies se confundían con el polvo que levantaba al correr y deseé que la nube ocre cubriera mi rastro. Improbable, pero, así son la mayoría de los deseos ¿no?
Era extraña la velocidad de mi cerebro, mayor incluso que la de mis pies. Allí estaba yo, sin resuello y filosofando sobre la condición humana y el respeto debido a los pensamientos abstractos. Supongo que era la adrenalina. Tomé una nota mental, proponer al COI una “Filosompiada”: competiciones deportivas en las que se iba registrando a la vez el pensamiento del corredor-filósofo. Premio al vencedor y a la idea más innovadora y profunda. En lugar de laureles, podrían…
En fin, llegado este punto de fusión con el infinito, colocado mi cerebro por la droga más barata y definitiva, el pánico más extremo, tropecé. Era de esperar. Ni tiempo me dio a poner las manos, así que caí de cara, o más bien sobre mi mayor protuberancia facial, o sea de narices, contra el suelo polvoriento. Una esnifadita de caca de pájaro y tierra seca, un toque de lija en el cutis y allí quedé, tendido en el suelo como una alfombra grumosa.
Pensé, mientras mi perseguidor se acercaba a la carrera, que iba a ser difícil que aplazara mi ejecución al día 5, fecha numéricamente más gratificante.
Una sombra cayó sobre mí. Una sombra blanca y ominosa que me hablaba:
-De verdad, Juan Carlos. Mira que eres gilipollas a veces...
Con labios magullados , farfullé:
-No me cogerás vivo, so bruja
La enfermera suspiró.
- Venga, vamos, si es un pinchacito de nada. Y ya verás lo tranquilo que te quedas después.
"¿Pinchacito de nada?" Sólo pensarlo me hizo venir escalofríos. Y en un impulso desesperado me levanté, esquivé las manos que se abalanzaban hacia mí y salí corriendo de nuevo. Por desgracia, sin mirar hacia donde. Lo último que recuerdo es la voz de la bruja gritando, mi nombre enredado en un par de insultos y, por fin, el golpe de la jardinera contra mi espinilla. Luego todo es borroso, el cielo contra el suelo o al revés, y del final del incidente no me queda más que un color gris oscuro en la memoria.
Salí corriendo, porque no me apetecía morirme justo ese día. Los días 4 son poco elegantes, fechas insulsas; salvo para los americanos, claro.
A mis espaldas, estaba seguro, pendía la posibilidad de mi exterminio en vuelo. Mis pies se confundían con el polvo que levantaba al correr y deseé que la nube ocre cubriera mi rastro. Improbable, pero, así son la mayoría de los deseos ¿no?
Era extraña la velocidad de mi cerebro, mayor incluso que la de mis pies. Allí estaba yo, sin resuello y filosofando sobre la condición humana y el respeto debido a los pensamientos abstractos. Supongo que era la adrenalina. Tomé una nota mental, proponer al COI una “Filosompiada”: competiciones deportivas en las que se iba registrando a la vez el pensamiento del corredor-filósofo. Premio al vencedor y a la idea más innovadora y profunda. En lugar de laureles, podrían…
En fin, llegado este punto de fusión con el infinito, colocado mi cerebro por la droga más barata y definitiva, el pánico más extremo, tropecé. Era de esperar. Ni tiempo me dio a poner las manos, así que caí de cara, o más bien sobre mi mayor protuberancia facial, o sea de narices, contra el suelo polvoriento. Una esnifadita de caca de pájaro y tierra seca, un toque de lija en el cutis y allí quedé, tendido en el suelo como una alfombra grumosa.
Pensé, mientras mi perseguidor se acercaba a la carrera, que iba a ser difícil que aplazara mi ejecución al día 5, fecha numéricamente más gratificante.
Una sombra cayó sobre mí. Una sombra blanca y ominosa que me hablaba:
-De verdad, Juan Carlos. Mira que eres gilipollas a veces...
Con labios magullados , farfullé:
-No me cogerás vivo, so bruja
La enfermera suspiró.
- Venga, vamos, si es un pinchacito de nada. Y ya verás lo tranquilo que te quedas después.
"¿Pinchacito de nada?" Sólo pensarlo me hizo venir escalofríos. Y en un impulso desesperado me levanté, esquivé las manos que se abalanzaban hacia mí y salí corriendo de nuevo. Por desgracia, sin mirar hacia donde. Lo último que recuerdo es la voz de la bruja gritando, mi nombre enredado en un par de insultos y, por fin, el golpe de la jardinera contra mi espinilla. Luego todo es borroso, el cielo contra el suelo o al revés, y del final del incidente no me queda más que un color gris oscuro en la memoria.
El pintor
Hay un grifo que gotea, al fondo. Gotas que caen. Gotas frías de sudor se deslizan también sobre mi piel caliente. El pequeño pintor me mira sin verme, midiéndome…me descuartiza con los ojos, creando formas cúbicas mentales que deforman mis curvas desnudeces.
Una mosca se posa en mi muslo. Odio las moscas, involuntariamente mi pierna se mueve para ahuyentarla.
-No, no te muevas- susurra furiosamente el artista, entre dientes, como si estuviéramos en una iglesia y no se pudiera alzar la voz.
-Lo siento-respondo yo en el mismo tono, respetando la sacralidad del momento.
No sabía que esto iba a ser así. No, no lo sabía, cuando hace unas noches me acercó en la calle ese hombre pequeñito, triste, insignificante.
-Guapo, ¿quieres compañía?
-No, sólo quiero pintarte.
Pensé inmediatamente en maquillaje, en algún extraño fetichismo de pintalabios y rimel.
-No hay problema, si pagas.
-Sí, claro. Si me vales.
-Cariño, soy mercancía de primera, ya verás, te vas a divertir…soy chocolate caliente, te gustará.
Subimos a su pequeño apartamento, sobre una verdulería. Las escaleras olían a frescor, a sandía recién abierta y tierra mojada. Cerró la puerta y sin tocarme, me ordenó “desnúdate”. No vi razón para no hacerlo. A mi pequeño cliente le gustaba ir al grano. Me quedé desnuda enseguida, a tirones, dejando caer la poca ropa que llevaba puesta al suelo. Me dejé puestas las sandalias plateadas.
-Los zapatos también.
No, no era de esos fetichistas. Me miró de cerca, luego desde dos pasos atrás. Dio la vuelta a mi alrededor, buscando yo no sé qué, aún sin tocarme. Me impacienté, mi tiempo es dinero.
-¿Qué? ¿Te sirvo?
-Tal vez. Creo que sí, me sirves.
Me tomó del brazo. Delicada, firmemente, me condujo a un sillón cubierto de telas rojas y negras.
-Quieta, yo te coloco.
Y dispuso mi cuerpo, mis brazos, mis piernas, abiertas, mis manos, mi cabeza…apenas sin tocar, con roces como de patas de insecto. Me estremecí. Me miró a los ojos. “No muevas ni un músculo. Tranquila, te pagaré”
Y no me tocó más. Sacó unos pinceles de su estuche, y empezó a atacar con rabia un lienzo que tenía en un rincón del cuarto. Aquel día me pagó, la tarifa habitual. Luego acordamos un precio justo.
Y así seguimos, tarde tras tarde. El pequeño pintor me coloca en el sillón, y se pone a trabajar en silencio. Mientras, mi mente divaga, navega…Pero, una tarde, mientras lo miro…comienzo a notar sus ojos cada vez más oscuros, más intensos…puedo sentir el lametazo de ese pincel suave y furioso, esa extensión de la mano del pintor, sobre mi piel, toda su pasión en mí, marcando mis contornos, dibujando mis formas, entrando en mis pliegues, agudizando mis sombras, sus pinceladas cada vez más y más enérgicas, el aliento entrecortado, los ojos brillantes, la pintura cada vez más resbaladiza en mi cuerpo sudoroso. Al fondo, el grifo que gotea, marcando el tiempo que pasa. Las gotas de mi sudor se deslizan sin tregua...
Pero no soy el lienzo. El pequeño pintor no me tocó nunca. Tampoco hoy.
-Puedes vestirte, gracias.
Me despierto, como de un sueño. Me resulta difícil moverme de nuevo. No quiero moverme de nuevo, no quiero salir de mi fantasía, no ahora.
-¿Ya está?
-Ya. ¿Quieres verlo?
-No, ¿para qué?. No entiendo un carajo de pintura.
Me despide con una media sonrisa, y un sobre con el dinero por mi trabajo.
Vuelvo a mi cuarto alquilado. Hoy no trabajo más, no hay ganas. Me tumbo, mirando al techo, y mi mente empieza a vagar….Ese pequeño pintor…el único hombre que ha pasado sobre mi piel desnuda sin tocarla. El que ha devuelto por un momento la ilusión del deseo a esta puta vieja y amargada.
Era agua estancada, negra y podrida. Ahora soy un grifo que gotea, gotea, gotea.
Una mosca se posa en mi muslo. Odio las moscas, involuntariamente mi pierna se mueve para ahuyentarla.
-No, no te muevas- susurra furiosamente el artista, entre dientes, como si estuviéramos en una iglesia y no se pudiera alzar la voz.
-Lo siento-respondo yo en el mismo tono, respetando la sacralidad del momento.
No sabía que esto iba a ser así. No, no lo sabía, cuando hace unas noches me acercó en la calle ese hombre pequeñito, triste, insignificante.
-Guapo, ¿quieres compañía?
-No, sólo quiero pintarte.
Pensé inmediatamente en maquillaje, en algún extraño fetichismo de pintalabios y rimel.
-No hay problema, si pagas.
-Sí, claro. Si me vales.
-Cariño, soy mercancía de primera, ya verás, te vas a divertir…soy chocolate caliente, te gustará.
Subimos a su pequeño apartamento, sobre una verdulería. Las escaleras olían a frescor, a sandía recién abierta y tierra mojada. Cerró la puerta y sin tocarme, me ordenó “desnúdate”. No vi razón para no hacerlo. A mi pequeño cliente le gustaba ir al grano. Me quedé desnuda enseguida, a tirones, dejando caer la poca ropa que llevaba puesta al suelo. Me dejé puestas las sandalias plateadas.
-Los zapatos también.
No, no era de esos fetichistas. Me miró de cerca, luego desde dos pasos atrás. Dio la vuelta a mi alrededor, buscando yo no sé qué, aún sin tocarme. Me impacienté, mi tiempo es dinero.
-¿Qué? ¿Te sirvo?
-Tal vez. Creo que sí, me sirves.
Me tomó del brazo. Delicada, firmemente, me condujo a un sillón cubierto de telas rojas y negras.
-Quieta, yo te coloco.
Y dispuso mi cuerpo, mis brazos, mis piernas, abiertas, mis manos, mi cabeza…apenas sin tocar, con roces como de patas de insecto. Me estremecí. Me miró a los ojos. “No muevas ni un músculo. Tranquila, te pagaré”
Y no me tocó más. Sacó unos pinceles de su estuche, y empezó a atacar con rabia un lienzo que tenía en un rincón del cuarto. Aquel día me pagó, la tarifa habitual. Luego acordamos un precio justo.
Y así seguimos, tarde tras tarde. El pequeño pintor me coloca en el sillón, y se pone a trabajar en silencio. Mientras, mi mente divaga, navega…Pero, una tarde, mientras lo miro…comienzo a notar sus ojos cada vez más oscuros, más intensos…puedo sentir el lametazo de ese pincel suave y furioso, esa extensión de la mano del pintor, sobre mi piel, toda su pasión en mí, marcando mis contornos, dibujando mis formas, entrando en mis pliegues, agudizando mis sombras, sus pinceladas cada vez más y más enérgicas, el aliento entrecortado, los ojos brillantes, la pintura cada vez más resbaladiza en mi cuerpo sudoroso. Al fondo, el grifo que gotea, marcando el tiempo que pasa. Las gotas de mi sudor se deslizan sin tregua...
Pero no soy el lienzo. El pequeño pintor no me tocó nunca. Tampoco hoy.
-Puedes vestirte, gracias.
Me despierto, como de un sueño. Me resulta difícil moverme de nuevo. No quiero moverme de nuevo, no quiero salir de mi fantasía, no ahora.
-¿Ya está?
-Ya. ¿Quieres verlo?
-No, ¿para qué?. No entiendo un carajo de pintura.
Me despide con una media sonrisa, y un sobre con el dinero por mi trabajo.
Vuelvo a mi cuarto alquilado. Hoy no trabajo más, no hay ganas. Me tumbo, mirando al techo, y mi mente empieza a vagar….Ese pequeño pintor…el único hombre que ha pasado sobre mi piel desnuda sin tocarla. El que ha devuelto por un momento la ilusión del deseo a esta puta vieja y amargada.
Era agua estancada, negra y podrida. Ahora soy un grifo que gotea, gotea, gotea.
Árboles (Men in Trees 1)

Trepar a los árboles siempre nos causaba ese efecto de sentir tanta energía como nunca antes. Cada vez. Era una mezcla de pura alegría y placer morboso, el del terror desencadenado por la sorda y persistente idea de que alguien podía verte encaramado a las ramas y contárselo a tus padres. O, peor aún -más morbo todavía- quizá te haría bajar a pedradas o de un perdigonazo- la gente de campo, la de verdad, no se anda con chiquitas cuando se trata de defender su territorio.
Pero no nos importaban nada ni los castigos, ni el daño real que pudiera resultar de la aventura. Los árboles estaban allí, y esa era razón suficiente y justificada para que nosotros los escaláramos. Y el reto, claro. Saber que habíamos subido al árbol más arriba, más deprisa o con menos miedo que los otros. El auténtico juego era esa competición más bien desleal y egoísta. Porque la mayoría de las veces, los puntapiés y los manotazos eliminaban físicamente a nuestros adversarios, tanto amigos como enemigos, y de tanto en tanto conseguíamos el premio gordo: llegar a la cima, en contra de todas las normas y de todos los rivales, ser esta vez los mejores. Mirar al mundo desde arriba, temblando los brazos y las piernas por el esfuerzo y el placer. Estirar una mano de uñas sucias para casi, casi, tocar el cielo. Bajar del árbol con ramitas en los cabellos y arañazos en el cuerpo, satisfechos de nuestra nueva aunque efímera hazaña.
Al crecer, dejamos de trepar a esas ramas, y comenzamos a doblarnos dentro de los coches y a estirarnos dentro de las mujeres. Otro ejercicio, una nueva pero sin embargo vagamente familiar competición , no exenta de morbo.
El peligro de ser corridos a pedradas o a perdigonazos persisitía, así como la rivalidad de ser el primero en tocar el cielo, y dejar atrás a todos los demás. Pero ahora la antigua sensación venía aderezada con la posibilidad, al final, de correr-nos más que cuando éramos chicos.
En el fondo, no habíamos crecido, el juego era siempre el mismo. Y sin remedio, nos prestábamos a jugarlo una y otra vez, como lemmings arrastrados en masa hacia los acantilados, que, simplemente, se limitaban a estar ahí para nosotros.
Aquella tarde, Joanne Liebermore se había prestado, tal vez sin mucho conocimiento de ello, a ejercer de meta de la carrera de la noche. La camioneta de mi padre brincaba de alegría con sólo pensarlo, mientras ella acariciaba los mandos de la vieja radio, buscando su emisora favorita, y consiguiendo excitar más aún a la vieja máquina.
El crepúsculo avanzaba como una manta sobre la hierba seca, y en los arcenes se desperezaban los insectos nocturnos, planeando salir a hacernos compañía bajo los árboles resabiados de la niñez, sus copas solitarias y ahora abandonadas por nuestros deseos, que andaban en busca de aventuras más terrenales
Brevísima no-historia de una persona
Basado en hechos irreales
Había una vez una persona que se encontraba perdida en el huracán de una vida que le resultaba tan extraña como irreal. Aunque todos los demás le dijeran que eso era lo normal, que no era cuestión de perderse en fantasías. Trabajar, dormir, ir al dentista, comprar leche y aceitunas...Eso era, según todos los sabios teóricos, vivir.
Pero esa persona enloqueció. No fue de repente, no. De manera fortuíta, una ventana comenzó, despacito, a abrirse para ella, mostrándole mundos asombrosamente complejos, inimaginables para los demás.
Y ella miró por la ventana abierta sin atreverse a cruzarla sin más o a buscar una puerta por la que entrar a explorar toda esa maravilla.
Hasta que una mano la agarró de los cabellos y la arrastró por un diminuto agujero de la pared. Tuvo que comprimirse, hacerse pequeña y flexible, romper unos cuantos huesos para poder pasar por ese canal tan estrecho. Pero la mano no la soltaba...
No fue cosa de un breve momento, no. Llevó su tiempo y a veces creyó sentirse atorada para siempre por todo ese volumen que se veía obligada a disminuír a la fuerza.
Un día, sólo quedó ya uno de sus pies, colgando del borde interno de la realidad, agitando los dedos en el aire, en gesto de despedida. Y un poco de sangre chorreando de los bordes de ese agujero, que no habían sido pensados para ser rozados por la piel desnuda e indefensa, y eran, por lo tanto, irregulares e hirientes.
Desapareció. Nadie más supo de ella. El agujero se cerró para siempre.
Toda esa gente que trabajaba, dormía, iba al dentista y compraba leche y aceitunas, la dio por perdida, sin mucho más que un pensamiento ocasional y un pestañeo fugaz de sus dormidas inconsciencias.
Había una vez una persona que se encontraba perdida en el huracán de una vida que le resultaba tan extraña como irreal. Aunque todos los demás le dijeran que eso era lo normal, que no era cuestión de perderse en fantasías. Trabajar, dormir, ir al dentista, comprar leche y aceitunas...Eso era, según todos los sabios teóricos, vivir.
Pero esa persona enloqueció. No fue de repente, no. De manera fortuíta, una ventana comenzó, despacito, a abrirse para ella, mostrándole mundos asombrosamente complejos, inimaginables para los demás.
Y ella miró por la ventana abierta sin atreverse a cruzarla sin más o a buscar una puerta por la que entrar a explorar toda esa maravilla.
Hasta que una mano la agarró de los cabellos y la arrastró por un diminuto agujero de la pared. Tuvo que comprimirse, hacerse pequeña y flexible, romper unos cuantos huesos para poder pasar por ese canal tan estrecho. Pero la mano no la soltaba...
No fue cosa de un breve momento, no. Llevó su tiempo y a veces creyó sentirse atorada para siempre por todo ese volumen que se veía obligada a disminuír a la fuerza.
Un día, sólo quedó ya uno de sus pies, colgando del borde interno de la realidad, agitando los dedos en el aire, en gesto de despedida. Y un poco de sangre chorreando de los bordes de ese agujero, que no habían sido pensados para ser rozados por la piel desnuda e indefensa, y eran, por lo tanto, irregulares e hirientes.
Desapareció. Nadie más supo de ella. El agujero se cerró para siempre.
Toda esa gente que trabajaba, dormía, iba al dentista y compraba leche y aceitunas, la dio por perdida, sin mucho más que un pensamiento ocasional y un pestañeo fugaz de sus dormidas inconsciencias.
El enano. ("Freaks" revisited).
Las mejores esencias vienen en frascos pequeños. Eso dicen.
En el circo las esencias son una mezcla de serrín sudado y bosta de cuadrúpedos.
Por eso, mi esencia aquí se resume en una máscara de maquillaje graso y pegajoso, en una nariz de plástico como una seta venenosa y en dar saltitos y hacer estupideces detrás, encima y a veces debajo de los payasos.
No todos los de mi tamaño acabamos así. Los hay "normales". Yo no puedo serlo. No lo soy. Mi deformidad está en el interior. En mi pequeño frasco de maldad, ese que guardo dentro, que sólo abro cuando nadie me ve. Y apesta.
Nadie sabe lo que odio a esa zorra. La trapecista estrella. Esa que se ríe de mí, que me mira con tanto desprecio como si supiera realmente el monstruo que soy.
Se cree la princesa Blancanieves. Me trata como a un enano. Cosa que soy. Pero no como a un hombre. Cosa que yo creía que era.
Es tan hermosa como una pluma de cisne. Cuando se eleva, todo en mí se eleva con ella.
Cuando baja al suelo, 100 toneladas de desdén me aplastan bajo sus pies delicados.
Hace unos días, embrujada por su belleza, una de mis manos escapó de mí y rozó su espalda desnuda.
Su cara al volverse a mirarme “¿qué crees que haces, desgraciado?” Su risa diabólica, “chicos, el pedo de mono este se cree que me gusta o algo. ¿dónde está el insecticida, para acabar con el hombre-pulga?” Y más risas. Y más.
Esta noche, he creado una piedra filosofal propia, pero no para conseguir oro.
Esta noche, la pluma se convertirá en plomo. Mi frasco de maldad se ha abierto, y se derramará con su sangre.
Sólo hizo falta una pequeña sierra en mi pequeña mano. Los trapecios no son difíciles de sabotear.
Esta noche, habrá un monstruo menos en el circo.
A veces no importa el tamaño del frasco, los venenos más potentes se administran en dosis pequeñas, pero certeras, como la venganza.
En el circo las esencias son una mezcla de serrín sudado y bosta de cuadrúpedos.
Por eso, mi esencia aquí se resume en una máscara de maquillaje graso y pegajoso, en una nariz de plástico como una seta venenosa y en dar saltitos y hacer estupideces detrás, encima y a veces debajo de los payasos.
No todos los de mi tamaño acabamos así. Los hay "normales". Yo no puedo serlo. No lo soy. Mi deformidad está en el interior. En mi pequeño frasco de maldad, ese que guardo dentro, que sólo abro cuando nadie me ve. Y apesta.
Nadie sabe lo que odio a esa zorra. La trapecista estrella. Esa que se ríe de mí, que me mira con tanto desprecio como si supiera realmente el monstruo que soy.
Se cree la princesa Blancanieves. Me trata como a un enano. Cosa que soy. Pero no como a un hombre. Cosa que yo creía que era.
Es tan hermosa como una pluma de cisne. Cuando se eleva, todo en mí se eleva con ella.
Cuando baja al suelo, 100 toneladas de desdén me aplastan bajo sus pies delicados.
Hace unos días, embrujada por su belleza, una de mis manos escapó de mí y rozó su espalda desnuda.
Su cara al volverse a mirarme “¿qué crees que haces, desgraciado?” Su risa diabólica, “chicos, el pedo de mono este se cree que me gusta o algo. ¿dónde está el insecticida, para acabar con el hombre-pulga?” Y más risas. Y más.
Esta noche, he creado una piedra filosofal propia, pero no para conseguir oro.
Esta noche, la pluma se convertirá en plomo. Mi frasco de maldad se ha abierto, y se derramará con su sangre.
Sólo hizo falta una pequeña sierra en mi pequeña mano. Los trapecios no son difíciles de sabotear.
Esta noche, habrá un monstruo menos en el circo.
A veces no importa el tamaño del frasco, los venenos más potentes se administran en dosis pequeñas, pero certeras, como la venganza.
Dragón de Hielo

Para Alguien en particular. Quiero que sepas que la llave de salida del país de las pesadillas, el calor suficiente para derretir al dragón, están en tí y sólo en tí. Pero que también tienes en quien apoyarte, si lo necesitas.
Eres un dragón.
Te plantas a la puerta de la guarida...y cariñosamente me impides salir.
Me ofreces oro y otras lindezas...pero nada de sol y de calor.
Eres un dragón de hielo, y yo no tengo la fuerza de poderte derretir.
Porque me quieres....me quieres mucho.
Porque me quieres... tener prisionera.
Y yo, asfixiada por el peso de tus toneladas de amor, tus toneladas de oro, tus toneladas de carne en glaciación
y sin una margarita que deshojar para saber si llegará un nuevo día,
me voy haciendo de hielo, de cristal de roca, de tallos de estalagmita en flor,
petrificada en el hueco de tu amoroso abrazo.
música

Por la ventana entreabierta surgía una nerviosa hilera de notas a paso de fuga, agolpándose unas con otras con la alegría de haber sido liberadas por fin de sus pentagramas.
O tal vez sólo saltando como pequeños insectos negros y brillantes, perseguidos por la escoba de alguien que estuviera haciendo una enérgica limpieza de las notas sueltas de su cerebro.
Ahí fuera, invisibles salvo para los ojos de algunos gatos selectos, un trío de trovadores recibía e investigaba la lluvia de notas, saboreándola.
Bela estaba entusiasmado. Wolfgang lo encontraba interesante. Johann S. como era habitual, dudaba entre horrorizarse o aceptar lo inevitable. Era el más viejo de los tres, y había pasado por ese trance una y otra vez. Pero aún le costaba acostumbrarse a algunos de los más sutiles matices de la modernidad.
Tres músicos mudos y silenciosos, comunicándose con los ojos: “¿vale la pena?... ¿creéis que este...? ¿ tiene la suficiente pasión?”
Un riff de notas agudas y rápidas les traspasó. Se miraron , y asintiendo, los tres a una, se lanzaron hacia la ventana entreabierta, sorteando las fusas y semicorcheas que volaban hacia ellos como meteoritos. Había un solo guitarrista, ensimismado en buscar los trastes correctos. Desde detrás, a traición, Bela, Wolfgang y Johann se lanzaron hacia él apenas sin mirar, y en un certero derrape se deslizaron suavemente en sus oídos. Uno, dos, tres. Tres músicos fantasmas. Tres espíritus inspirativos.
El guitarrista, un muchacho – un tal Eddie o Jimy, o Eric, o Brian, o Fredy- frenó en seco de tocar, como si hubiera sufrido un repentino ataque de hipo. Sacudió la cabeza, estornudó ruidossmente igual que haría un caballo, sacudiendo su cabellera...y volvió a atacar la melodía. Tocó como nunca antes había tocado. Mejor que nunca. Sorprendido, paró, continuó, con una sonrisa de estupor....y se abandonó a la maravilla de toda esa energía que no sabía de dónde había salido, tan de repente. Pero que al parecer no tenía ninguna intención de desaparecer.
Había nacido un genio, bendecido por la música.
No es verdad que existan las musas, no. Pero la verdad a veces sí está ahí afuera. Tal vez, al pie de vuestra propia ventana. Sólo tenéis que preguntarle a cualquier gato selecto y os lo contará, como he hecho yo.
Puertas
Círculo concéntrico nº 1.
La puerta está ahí, en medio de la nada. Como siempre ha estado. El peso de millones de años se acumula en sus goznes oxidados, las bisagras ya han olvidado lo que se siente al participar en la magia del giro, del movimiento. Madera espesa, opaca, gris, envejecida por la lluvia salada y dulce, por las inundaciones y las mareas. Resecada por uno y mil vientos. Horadada por legiones de efímeros insectos.
Una puerta cerrada, tan cerrada que ya no recuerda ni como abrirse.
En el hueco donde tal vez en otro tiempo se podría haber insertado una llave, vive ahora una familia de alacranes venenosos.
Círculo concéntrico nº 2.
No encuentro las palabras. He olvidado como se hace para abrir las puertas de la imaginación. Hace ya demasiados años que se cerraron para mí. El papel me mira acusador, en blanco. Mis lectores me reclaman mi sangre negra pero yo ya no recuerdo como abrir las esclusas, he perdido la llave del portal, que ya no es dorado, sino gris. Tal vez lo que pasa es que ya no quedan historias.
Círculo concéntrico nº 3.
La puerta del despacho está cerrada. Últimamente, casi siempre es así. Acaricio la madera cálida y la cerradura me responde con una invitación a besar su oscuridad con mis ojos. Pero no cederé a la tentación de arrodillarme ante esa puerta gris para saber lo que no me está permitido. Espero que esta vez sí le venga la inspiración, me preocupa. Desde que las palabras dejaron de fluír, ya no me toca, casi ni me habla. Vive siempre, no sólo ahora mismo, tras una puerta cerrada. Me siento tan sola...
Zona 0.
El día en que las puertas de la creación se abrieron, todas las cosas fueron nombradas, incluso algunas que todavía no exisitían. Todas las historias salieron por ellas, para poder ser contadas. Luego, la puertas se cerraron. Nadie sabe si quedó algo al otro lado. Nadie sabe a qué lado quedamos nosotros, si del real, o del imaginario.
La puerta está ahí, en medio de la nada. Como siempre ha estado. El peso de millones de años se acumula en sus goznes oxidados, las bisagras ya han olvidado lo que se siente al participar en la magia del giro, del movimiento. Madera espesa, opaca, gris, envejecida por la lluvia salada y dulce, por las inundaciones y las mareas. Resecada por uno y mil vientos. Horadada por legiones de efímeros insectos.
Una puerta cerrada, tan cerrada que ya no recuerda ni como abrirse.
En el hueco donde tal vez en otro tiempo se podría haber insertado una llave, vive ahora una familia de alacranes venenosos.
Círculo concéntrico nº 2.
No encuentro las palabras. He olvidado como se hace para abrir las puertas de la imaginación. Hace ya demasiados años que se cerraron para mí. El papel me mira acusador, en blanco. Mis lectores me reclaman mi sangre negra pero yo ya no recuerdo como abrir las esclusas, he perdido la llave del portal, que ya no es dorado, sino gris. Tal vez lo que pasa es que ya no quedan historias.
Círculo concéntrico nº 3.
La puerta del despacho está cerrada. Últimamente, casi siempre es así. Acaricio la madera cálida y la cerradura me responde con una invitación a besar su oscuridad con mis ojos. Pero no cederé a la tentación de arrodillarme ante esa puerta gris para saber lo que no me está permitido. Espero que esta vez sí le venga la inspiración, me preocupa. Desde que las palabras dejaron de fluír, ya no me toca, casi ni me habla. Vive siempre, no sólo ahora mismo, tras una puerta cerrada. Me siento tan sola...
Zona 0.
El día en que las puertas de la creación se abrieron, todas las cosas fueron nombradas, incluso algunas que todavía no exisitían. Todas las historias salieron por ellas, para poder ser contadas. Luego, la puertas se cerraron. Nadie sabe si quedó algo al otro lado. Nadie sabe a qué lado quedamos nosotros, si del real, o del imaginario.
Acantilado
Mi anónima compañera me está reclamando una entrada "horizontal" hace ya un tiempo. Estoy de un humor más bien vertical, pero por ser fin de semana, he pensado darle el gusto y rescatar este pequeño fragmento-chiste, que hice un día sin más intención que arrancar alguna sonrisita.

-Mieerda.
-Fallaste.
-¿Quién acertó el último?
-Yo, yo le dí al japonés. En toda la cámara
-Si,ese era punto doble.
-¿Qué te parece la parejita esa?
-Espera, que voy a ver si hago otro doble...¡miradme, miradme!
-Jo tío, eso sí que es un morreo interruptus.
-Ja,ja,ja,ja. -Tiene puntería, el mamón este...
-¡Qué, tíos! ¿lo habéis visto?
-Sí, sí, que eres muy bueno...pero estaban demasiado despistados con lo suyo, era muy fácil. Que no se te suba a la cabeza,
-Precisamente en la cabeza, en toda la cabeza...ahí les has dao...
-Entonces, ¿quién ha ganado el cacho de bocata?
- Eso,eso,¿quién es el jefe? Venga, admitidlo.. ¿quién es el jefee...?
-Tú, tú...vale.
-Espera, espera, que viene otro autobús...
Aquí pueden apreciar el maravilloso espectáculo de los Cliffs de Moher en todo su esplendor. Uno de los paisajes más espectaculares de Irlanda. 203 metros en su punto más alto, la vista desde este majestuoso acantilado es impresionante.... Pararemos 15 minutos. Por favor, respeten las señales de peligro. Y les recomendamos que no alimenten a los pájaros.
-Vaya, nos han jodío, ya salió el aguafiestas. Pues vamos bien...
-Sí, esto de aguantar a los turistas sólo es soportable si hay papeo.
-¿Vamos todos a por el guía?
-Si, vamos. Hoy creo que tengo algo de diarrea...eso es guapo, cuando quedan requetesalpicados.
-No deberías picotear en la papelera, sabes que te sienta mal. Aunque sí que es guapo cuando les chorreas, sí.
-Es que tengo mala puntería ultimamente y sólo me quedan las sobras.
-¡Qué sólo tenemos 15 minutos, espabilad!
-¡Venga, venga, que se nos escapa el guíaaa...!
Y los cuatro aves marinas, o pajarracos del acantilado, se lanzaron a por sus nuevas e incautas presas

-Mieerda.
-Fallaste.
-¿Quién acertó el último?
-Yo, yo le dí al japonés. En toda la cámara
-Si,ese era punto doble.
-¿Qué te parece la parejita esa?
-Espera, que voy a ver si hago otro doble...¡miradme, miradme!
-Jo tío, eso sí que es un morreo interruptus.
-Ja,ja,ja,ja. -Tiene puntería, el mamón este...
-¡Qué, tíos! ¿lo habéis visto?
-Sí, sí, que eres muy bueno...pero estaban demasiado despistados con lo suyo, era muy fácil. Que no se te suba a la cabeza,
-Precisamente en la cabeza, en toda la cabeza...ahí les has dao...
-Entonces, ¿quién ha ganado el cacho de bocata?
- Eso,eso,¿quién es el jefe? Venga, admitidlo.. ¿quién es el jefee...?
-Tú, tú...vale.
-Espera, espera, que viene otro autobús...
Aquí pueden apreciar el maravilloso espectáculo de los Cliffs de Moher en todo su esplendor. Uno de los paisajes más espectaculares de Irlanda. 203 metros en su punto más alto, la vista desde este majestuoso acantilado es impresionante.... Pararemos 15 minutos. Por favor, respeten las señales de peligro. Y les recomendamos que no alimenten a los pájaros.
-Vaya, nos han jodío, ya salió el aguafiestas. Pues vamos bien...
-Sí, esto de aguantar a los turistas sólo es soportable si hay papeo.
-¿Vamos todos a por el guía?
-Si, vamos. Hoy creo que tengo algo de diarrea...eso es guapo, cuando quedan requetesalpicados.
-No deberías picotear en la papelera, sabes que te sienta mal. Aunque sí que es guapo cuando les chorreas, sí.
-Es que tengo mala puntería ultimamente y sólo me quedan las sobras.
-¡Qué sólo tenemos 15 minutos, espabilad!
-¡Venga, venga, que se nos escapa el guíaaa...!
Y los cuatro aves marinas, o pajarracos del acantilado, se lanzaron a por sus nuevas e incautas presas
34.
Dijo: “No”
Pero la verdad era un rotundo “Sí”
Y sus ojos no mentían, aunque su lengua sí lo hiciera, escandalosamente.
-¿Y ahora?
-Ahora sí, mejor.
Pero eso era también mentira, nada era mejor.
Pero la verdad era un rotundo “Sí”
Y sus ojos no mentían, aunque su lengua sí lo hiciera, escandalosamente.
-¿Y ahora?
-Ahora sí, mejor.
Pero eso era también mentira, nada era mejor.
Historia 1 versión 1.

Alargó la mano con disimulo, y sus dedos dibujaron cinco líneas, paralelas como las de un pentagrama, sobre el agua del estanque. Giró levemente la muñeca, experimentando. Ahora una curva múltiple y virtualmente perfecta rasgaba la superficie antes lisa e impoluta, formando una arcada de ondas que se entrechocaban, besándose entre sí. Era oscura el agua, negra y profunda. Sin pararse a pensar, reunió saliva desde el fondo de la garganta, y, utilizando su lengua como pista de lanzamiento, escupió un proyectil baboso a su reflejo roto. Un gorgojo blanco y deforme como una ameba cayo en medio de la irregular partitura flotante.
-¡Guarro!
-Sí, un poco.
Eso no hizo callar mucho tiempo a la entusiasmada muchacha tendida frente a él, que continuó donde había frenado en seco hacía sólo un momento, justo antes de la interrupción salivar. Sin apenas pararse a coger aire entre chisme y chisme, parloteaba sobre esto y aquello, sus ojos brillantes como los faros de un camión sin freno ni piedad alguna hacia el oyente al que atropellaba.
El hombre sentado al borde del agua, sobre la chaqueta gris, siguió fingiendo escucharla, resignado. Con el rabillo del ojo comprobó que el escupitajo seguía a flote. ¡Bien por él!
Ella le golpeó el brazo, impaciente:
-Juan, ¡Juan!, ¡Mírame cuando te hablo!
-Sí, cielo, sí...
Juan deseó fugazmente que el Monstruo de la Laguna Negra apareciese de pronto con hambre de mujer charlatana y se la engullera de un solo mordisco.
Aunque de darse ese encuentro, pensó, eran más altas las probabilidades de que ese disco rayado con tetas acabara arrastrando a la pobre bestia de tiendas, para que le llevase los paquetes. Bien mirado, tal vez así se libraría él. ¿Tendría el monstruo alguna Visa? ¿O preferiría MasterCard?
Una mano de uñas afiladas le arrancó en seco del refugio de la ensoñación, donde había intentado en vano refugiarse. No, no era viscosa, como la del monstruo. Pero sí implacable. Era ella, mirándole entre el reproche y el gimoteo.
-Juan, es que no me escuchas...
-Perdona, me había despistado un momento. ¿Decías...?
-Eres un caso, Juan... La paciencia que hay que tener contigo...en fin. Hablaba de ese sitio, sí, de ese al que íbamos, como ha bajado...por ejemplo, las servilletas, ¡fíjate! Es que ya no ponen de las buenas, de esas que llevaban un dibujito como de flores en...
Mientras ella volvía a atraparle en su torbellino de palabras vacías, Juan no pudo evitar sentirse más insignificante y mucho menos libre que un simple escupitajo.
La última ronda
Esta noche hay mucha tranquilidad en el bar. La penumbra ocupa la mayor parte de los reservados y se refleja con una luz cobriza en el espejo de detrás de la barra. Seamus, el camarero, observa su reflejo detenidamente - le está saliendo un grano justo en medio de la ceja izquierda - mientras arranca con un trapo rematadamente sucio toda esperanza de brillo del vaso que sostiene. Sí, hay mucho silencio. Ron, el borracho del pueblo, acaricia pensativamente su vaso vacío.
-No creo que te vaya a crecer ginebra en el vaso con sólo mirarlo, Ron -dice Seamus, sin dejar de vigilar su grano- no es un vaso mágico.
Ron da un súbito respingo, que hace vibrar su barrigón.
-Sí, sí, lo se, Seamus. Es que estaba intentando decidir…
-¿Decidir qué? ¿Whisky o ginebra? No es momento de pensárselo, es casi la hora de la última ronda.
-Ya, pero no puedo evitar darle vueltas al tema. A ver que opinas tú: ¿qué crees que ha sido más espectacular, cuando el tentáculo gigante se cargó el puerto deportivo o lo del río convirtiéndose en sangre?
Seamus se queda pensativo - No sé que decirte, Ron ,viejo amigo, difícil cuestión….aunque a mí lo que más me sorprendió fue eso de que los muertos se levantaran de las tumbas. Nada en contra de los muertos vivientes, si pagan la consumición…pero mira cómo me han dejado el bar, perdido de barro…
-Y de otras cosas,-contesta Ron, apartando con cara de asco un dedo con su uña del cenicero para colocar su cigarrillo. Por no hablar del problema de las herencias. ¿Tú crees que tío Sean vendrá a buscar el reloj que me dejó?
- Lo vendiste, ¿no ?
- Sí, para pagarme los tragos.
- Entonces, si aparece, invítalo a un whisky. Será lo más adecuado.
De repente, un estruendo sacude el local, y una nube de polvo cae sobre ellos. Seamus saca una araña caída sobre la barra de un suave golpecito, casi con dulzura.
-Mierda, Seamus, ¿qué crees que ha sido eso?
-Me da a mí que va a ser la hora de la lluvia de fuego y rocas.
Algo se mueve sobre ellos, y golpea de nuevo el tejado.
-No parecen rocas, Seamus
-Si tan curioso eres, Ron, ve a mirar qué pasa.
-¿Me pones un whisky?
-Para la vuelta.
Ron va hasta la puerta, la abre un poquito y mira hacia arriba. Cierra de golpe, vuelve bamboleándose al refugio de la barra y engulle su whisky de un solo trago.
-¡Hostia Seamus! Creo que se ha posado en el techo uno de los jodidos jinetes del Apocalipsis.
-¿Muerte?
-No, creo que Pestilencia
-Podría ser peor, entonces…
Seamus dirige la vista hacia la penumbra de su alrededor, mira a Ron, y con parsimonia se acerca hasta la campana de bronce que cuelga sobre el final de la barra, marcada “Last Orders”. Y la hace sonar con energía mientras entona el mantra de cada noche : “¡Última ronda, señores, última ronda!” Y, guiñándole un ojo a Ron, añade: “¡oferta especial fin del mundo, al último trago invita la casa!”
-No creo que te vaya a crecer ginebra en el vaso con sólo mirarlo, Ron -dice Seamus, sin dejar de vigilar su grano- no es un vaso mágico.
Ron da un súbito respingo, que hace vibrar su barrigón.
-Sí, sí, lo se, Seamus. Es que estaba intentando decidir…
-¿Decidir qué? ¿Whisky o ginebra? No es momento de pensárselo, es casi la hora de la última ronda.
-Ya, pero no puedo evitar darle vueltas al tema. A ver que opinas tú: ¿qué crees que ha sido más espectacular, cuando el tentáculo gigante se cargó el puerto deportivo o lo del río convirtiéndose en sangre?
Seamus se queda pensativo - No sé que decirte, Ron ,viejo amigo, difícil cuestión….aunque a mí lo que más me sorprendió fue eso de que los muertos se levantaran de las tumbas. Nada en contra de los muertos vivientes, si pagan la consumición…pero mira cómo me han dejado el bar, perdido de barro…
-Y de otras cosas,-contesta Ron, apartando con cara de asco un dedo con su uña del cenicero para colocar su cigarrillo. Por no hablar del problema de las herencias. ¿Tú crees que tío Sean vendrá a buscar el reloj que me dejó?
- Lo vendiste, ¿no ?
- Sí, para pagarme los tragos.
- Entonces, si aparece, invítalo a un whisky. Será lo más adecuado.
De repente, un estruendo sacude el local, y una nube de polvo cae sobre ellos. Seamus saca una araña caída sobre la barra de un suave golpecito, casi con dulzura.
-Mierda, Seamus, ¿qué crees que ha sido eso?
-Me da a mí que va a ser la hora de la lluvia de fuego y rocas.
Algo se mueve sobre ellos, y golpea de nuevo el tejado.
-No parecen rocas, Seamus
-Si tan curioso eres, Ron, ve a mirar qué pasa.
-¿Me pones un whisky?
-Para la vuelta.
Ron va hasta la puerta, la abre un poquito y mira hacia arriba. Cierra de golpe, vuelve bamboleándose al refugio de la barra y engulle su whisky de un solo trago.
-¡Hostia Seamus! Creo que se ha posado en el techo uno de los jodidos jinetes del Apocalipsis.
-¿Muerte?
-No, creo que Pestilencia
-Podría ser peor, entonces…
Seamus dirige la vista hacia la penumbra de su alrededor, mira a Ron, y con parsimonia se acerca hasta la campana de bronce que cuelga sobre el final de la barra, marcada “Last Orders”. Y la hace sonar con energía mientras entona el mantra de cada noche : “¡Última ronda, señores, última ronda!” Y, guiñándole un ojo a Ron, añade: “¡oferta especial fin del mundo, al último trago invita la casa!”
El tren de los indios
Para que sonrían en particular Paso Entre Dos Montañas, que lo pidió, y Toro Sureño, por esas risas que nos echamos (no había tambores en la historia, pero te los he puesto al final). Ambos os merecéis sonreír, mucho.
Pequeño Azote contemplaba acuclillado el enorme bicharraco apestoso que desfilaba por la pradera, escupiendo señales de humo sin sentido.
Debía ser algo tonto, pensó. Además de no saber hacer hablar a las hogueras que llevaba dentro, le tenían que dejar un rastro lineal que seguir, o seguramente se perdería. Eso mismo opinaban los viejos que se sentaban en esa misma colina, fumando sus pipas, entre sonrisitas de anticipación.
Los blancos habían colocado esas líneas brillantes y rectas hacía sólo unas lunas, pero la mayoría estaban ya rascadas, resquebrajadas y eran más frágiles de lo que aparentaban. Tal vez esperaban conducirlo hacia donde no molestara, pero el bicho seguía volviendo por el mismo camino, no parecía que los blancos hubieran conseguido pararlo, sólo guiarlo una y otra vez por la misma senda. Justo por el centro del territorio de caza de la tribu...
Y ese bicho no era bueno para la caza. Asustaba a los poquísimos bisontes que quedaban. Y no era fácil de cazar, tampoco. Águila Despistada casi se convirtió en Águila Sin Un Brazo una vez que quiso atraparlo. Los blancos eran desde luego algo tontos, pero sus razones tendrían para aislar al gran gusano humeante, sin intentar cazarlo. Como Águila Casi Sin Un Brazo podía atestiguar.
Después de eso hubo un consejo general. Pequeño Azote era muy joven para asistir pero Rata Que No Se Ahoga le filtró el nuevo plan. De hecho se lo fitró a casi toda la tribu. Por eso incluso las mujeres estaban allí, observando.
Las líneas del camino que los blancos plantaron eran bastante más fáciles de romper de lo que aparentaban. Con los caballos y demás, no les costó mucho hacerlo...
Ahí venía. Todos se pusieron tensos, esperando. Según planeado, el extraño animal perdió el rumbo, no fue capaz de frenar, con la velocidad que traía, y salió disparado y dando vueltas, rompiéndose en pedacitos... Fue genial, estaba destrozado. ¡Cuánta carne para el invierno! –si esa serpiente tan grande era comestible, claro, eso estaba por ver. Si no, al menos tendrían unos huesos interesantes para hacer collares...
Los guerreros comenzaron a gritar y danzar, entusiasmados. Las mujeres sonreían. Los blancos se avergonzarían de haber sido vencidos por el ingenio nativo, pero seguro que se alegraban un poco también... Sobre todo esos que iban saliendo, maltrechos y aturdidos, de entre los pedazos diseminados por la pradera. Tendrían una deuda eterna con la tribu, por haberles liberado de la barriga de la bestia por la cual se habían dejado comer.
Pequeño Azote estaba exultante de orgullo. ¡Seguro que ahora los blancos les tomaban en serio! Empezó a recoger guijarros que tirar a los restos del monstruo, ¡iba a ser un juego estupendo!
Pequeño Azote contemplaba acuclillado el enorme bicharraco apestoso que desfilaba por la pradera, escupiendo señales de humo sin sentido.
Debía ser algo tonto, pensó. Además de no saber hacer hablar a las hogueras que llevaba dentro, le tenían que dejar un rastro lineal que seguir, o seguramente se perdería. Eso mismo opinaban los viejos que se sentaban en esa misma colina, fumando sus pipas, entre sonrisitas de anticipación.
Los blancos habían colocado esas líneas brillantes y rectas hacía sólo unas lunas, pero la mayoría estaban ya rascadas, resquebrajadas y eran más frágiles de lo que aparentaban. Tal vez esperaban conducirlo hacia donde no molestara, pero el bicho seguía volviendo por el mismo camino, no parecía que los blancos hubieran conseguido pararlo, sólo guiarlo una y otra vez por la misma senda. Justo por el centro del territorio de caza de la tribu...
Y ese bicho no era bueno para la caza. Asustaba a los poquísimos bisontes que quedaban. Y no era fácil de cazar, tampoco. Águila Despistada casi se convirtió en Águila Sin Un Brazo una vez que quiso atraparlo. Los blancos eran desde luego algo tontos, pero sus razones tendrían para aislar al gran gusano humeante, sin intentar cazarlo. Como Águila Casi Sin Un Brazo podía atestiguar.
Después de eso hubo un consejo general. Pequeño Azote era muy joven para asistir pero Rata Que No Se Ahoga le filtró el nuevo plan. De hecho se lo fitró a casi toda la tribu. Por eso incluso las mujeres estaban allí, observando.
Las líneas del camino que los blancos plantaron eran bastante más fáciles de romper de lo que aparentaban. Con los caballos y demás, no les costó mucho hacerlo...
Ahí venía. Todos se pusieron tensos, esperando. Según planeado, el extraño animal perdió el rumbo, no fue capaz de frenar, con la velocidad que traía, y salió disparado y dando vueltas, rompiéndose en pedacitos... Fue genial, estaba destrozado. ¡Cuánta carne para el invierno! –si esa serpiente tan grande era comestible, claro, eso estaba por ver. Si no, al menos tendrían unos huesos interesantes para hacer collares...
Los guerreros comenzaron a gritar y danzar, entusiasmados. Las mujeres sonreían. Los blancos se avergonzarían de haber sido vencidos por el ingenio nativo, pero seguro que se alegraban un poco también... Sobre todo esos que iban saliendo, maltrechos y aturdidos, de entre los pedazos diseminados por la pradera. Tendrían una deuda eterna con la tribu, por haberles liberado de la barriga de la bestia por la cual se habían dejado comer.
Pequeño Azote estaba exultante de orgullo. ¡Seguro que ahora los blancos les tomaban en serio! Empezó a recoger guijarros que tirar a los restos del monstruo, ¡iba a ser un juego estupendo!
La duda

Dudaba si elegir el Predictor o la margarita:
-¿Lo estaré o no lo estaré?
-¿Me quiere o no me quiere?
Se detuvo, primero, en la floristería. Pero no les quedaban margaritas, y el parque estaba demasiado lejos. Además, ir hasta allí le plantearía otra duda: "¿de verdad estoy tan imbécil como para robar una flor y plantearle mis cuestiones más profundas? "
Así que fue a la farmacia.
Al volver a casa, sin dudar, pero envuelta en pensamientos de dudoso valor intelectual, decidió pasar de largo su portal y seguir hasta el parque. No había duda alguna. Se había vuelto completamente imbécil.
El parque. Arboles, flores....niños por todas partes. Engendros golosos y enloquecedores....ni pensarlo. El Predictor, a la papelera. En eso, tarde o temprano, ya saldría de dudas. Por su propio peso. Mejor dicho, por su propio volumen creciente.
Las margaritas la miraban sonrientes: “¡Elígeme a mí, elígeme a mí!”
Dudó entre arrancar la de más hacia la derecha, que tenía cara de listilla, o la del centro del parterre, esa que parecía no haber roto nunca un plato.
No podia decidirse por una y dejar al resto desilusionadas. Así que se sentó en la hierba, a ignorarlas con decisión. A mirar sus propios dedos curiosear, asomados a las sandalias.
El urbano de turno vino a echarle la bronca.
-¡Hey, que estoy embarazada, tengo derecho a mi descanso!
-Perdone, señora.
¿Señora? Indudablemente, se estaba haciendo vieja, además de tonta.
Las margaritas se carcajeaban a sus espaldas, mientras revolvía en la papelera buscando la bolsita de la farmacia.
Merecían un castigo. Antes de marcharse, pisoteó con saña todas las que pudo.
Aunque luego tal vez volvería, para ver si había quedado alguna con sólo tres pétalos.
Nadie le había dicho nunca que para resolver las dudas existenciales no se pudiera hacer trampa.
La increíble mujer tóxica
Ernestina Robledo estaba maldita, aunque a primera vista era realmente difícil notarlo. Parecía poca cosa: pequeñita, dulce, amable... No gritaba ni hacía mucho ruido, no molestaba nada.. ni a nadie. “Incapaz de matar una mosca”, decían de ella. Pero la auténtica verdad era otra. Ernestina era tóxica. Sí, tóxica, de una forma casi radioactiva, que protegía en un núcleo apacible como el ojo de un huracán el lugar donde ella vivía tranquila, serena, inconsciente.
A su alrededor... esa era otra historia. Las cosas se estropeaban, las luces se fundían, los coches que siempre habían funcionado como la seda renunciaban a arrancar. Estallaban los vasos en los fregaderos, los ordenadores se bloqueaban y las alarmas saltaban enloquecidas. Los perros se lanzaban contra los coches en marcha, y los pájaros, desorientados, se quebraban el pico contra los cristales de las ventanas, incapaces de percibir su solidez.
Ernestina era bastante feliz, a su manera. Sí, veía que todo se desmoronaba a su paso, pero eso siempre había sido lo normal... Pensaba, simplemente, que era curioso lo poco que duraban las cosas, lo mal que se fabricaban esos aparatos modernos, lo tontos que eran los bichos, a veces.
La toxicidad de Ernestina iba en aumento, con los años, y pronto empezó a afectar también a las personas que la rodeaban. A todos sus amigos, conocidos y vecinos comenzaron a pasarles cosas bastante absurdas: perder un zapato en el andén del metro (gracioso, en cierto modo), encontrarse con una infestación de cucarachas en el armario del pan (asqueroso, pero con solución), confundir el lugar de encuentro en una cita importante (cosas que pasan, no era la persona adecuada, seguro)...
Eso fue sólo al principio. La maldición era resistente y se crecía con cada nuevo acontecimiento, autoalimentándose de los restos de todas esas desgracias y cogiendo cada vez más y más fuerza. Llegaron los divorcios, los abortos, las enfermedades extrañas, los incendios, los robos, los derrumbamientos, y al final, las primeras muertes. Y ella seguía adelante, ignorante y hasta feliz en su firme e imparable avance destructivo.
Ernestina era tóxica, y nadie lo sabía. Era portadora de un contagioso virus causante de un ingente aluvión de desastres e infortunios. Impermeable a todo lo malo, resbalaba por la vida como un trozo de jabón húmedo, dejando a todos los demás chorreantes de situaciones viscosas y a veces, desesperadas. Despacito, pero seguro, fue envejeciendo a lo largo del camino. Más sóla y menos consciente a cada paso, como una tortuga casi inmortal y recubierta de una concha cada vez más gruesa, resistía, sonriendo al vacío con aire dulce y paciente.
Hasta que el universo, en un acto totalmente comprensible de defensa propia, decidió encogerse súbitamente sobre sí mismo e implosionó, borrándola también a ella y a toda su estúpida realidad.
A su alrededor... esa era otra historia. Las cosas se estropeaban, las luces se fundían, los coches que siempre habían funcionado como la seda renunciaban a arrancar. Estallaban los vasos en los fregaderos, los ordenadores se bloqueaban y las alarmas saltaban enloquecidas. Los perros se lanzaban contra los coches en marcha, y los pájaros, desorientados, se quebraban el pico contra los cristales de las ventanas, incapaces de percibir su solidez.
Ernestina era bastante feliz, a su manera. Sí, veía que todo se desmoronaba a su paso, pero eso siempre había sido lo normal... Pensaba, simplemente, que era curioso lo poco que duraban las cosas, lo mal que se fabricaban esos aparatos modernos, lo tontos que eran los bichos, a veces.
La toxicidad de Ernestina iba en aumento, con los años, y pronto empezó a afectar también a las personas que la rodeaban. A todos sus amigos, conocidos y vecinos comenzaron a pasarles cosas bastante absurdas: perder un zapato en el andén del metro (gracioso, en cierto modo), encontrarse con una infestación de cucarachas en el armario del pan (asqueroso, pero con solución), confundir el lugar de encuentro en una cita importante (cosas que pasan, no era la persona adecuada, seguro)...
Eso fue sólo al principio. La maldición era resistente y se crecía con cada nuevo acontecimiento, autoalimentándose de los restos de todas esas desgracias y cogiendo cada vez más y más fuerza. Llegaron los divorcios, los abortos, las enfermedades extrañas, los incendios, los robos, los derrumbamientos, y al final, las primeras muertes. Y ella seguía adelante, ignorante y hasta feliz en su firme e imparable avance destructivo.
Ernestina era tóxica, y nadie lo sabía. Era portadora de un contagioso virus causante de un ingente aluvión de desastres e infortunios. Impermeable a todo lo malo, resbalaba por la vida como un trozo de jabón húmedo, dejando a todos los demás chorreantes de situaciones viscosas y a veces, desesperadas. Despacito, pero seguro, fue envejeciendo a lo largo del camino. Más sóla y menos consciente a cada paso, como una tortuga casi inmortal y recubierta de una concha cada vez más gruesa, resistía, sonriendo al vacío con aire dulce y paciente.
Hasta que el universo, en un acto totalmente comprensible de defensa propia, decidió encogerse súbitamente sobre sí mismo e implosionó, borrándola también a ella y a toda su estúpida realidad.
El mar
Se despertó notando la arena incrustada en su cara. “¡Puta playa! ¡La arena siempre se te mete por todas partes!”
Al intentar abrir los ojos sintió el peso de algunos granos que colgaban de sus pestañas. Con cuidado, para evitar que se le metieran dentro, abrió el párpado más alejado del suelo “¡Arrggghhh...cuanto sol! ¡Ciérrate, ciérrate! Sí, mejor así.” Demasiado tarde, una luna roja ya se le había quedado instalada en la retina...mejor esperar a que se fuera...
Otra vez se había quedado dormido sobre la arena, sin toalla, sin quitarse ni la ropa. Los otros debían de haberse reído muchísimo. Había una enorme colección de fotos suyas enroscado, babeante, con cara de felicidad, durmiendo en innumerables playas. No tenía remedio, el sol y el mar siempre le causaban una modorra insalvable.
Tenía la boca seca. Alargó la mano alrededor, tanteando, en busca de la bolsa de las bebidas...nada por aquí, nada por allá....sólo arena y más arena fina y caliente. ‘Dita sea, ¿qué era peor, la quemazón de los ojos o la de la garganta? Decidió seguir a oscuras un rato más, a ver si acababa de despertarse, estaba tonto. ¿Qué día era? Se supone que domingo, claro, pero ni sabía qué playa era esa ni como había llegado hasta allí.
-Espero haber dejado el coche a la sombra-pensó-con la que está cayendo, ¡qué calor!
Se estiró un poco, y su mano cayó sobre algo suave y duro. Una caracola...la estudió con las yemas de los dedos, tenía una forma algo rara...debía estar rota. ¿Funcionan las caracolas rotas? Sin abrir los ojos, se la puso en la oreja a ver si se escuchaba el ruido del mar. No, no iba. Tendría que llamar a Neptunofónica “Sta Sirena, mi caracola está averiada, ja, ja....”
-Bueno, ya está bien, ¿dónde cojones están todos?
Abrió por fin, con cuidado, los ojos. Arena. Volvió la cabeza. Más arena. Se sentó, restregándose las legañas petrificadas. Sólo veía arena ¿dónde estaba el agua?. Miró la concha en su mano, y la soltó, horrorizado. Era el cráneo blanco y pulido de algún tipo de roedor. ¡Mierda, que asco! Lo empujó con el pie dentro de una pequeña duna para intentar enterrar su sensación de repugnancia.
Giró la cabeza en todas las direcciones, aún con la náusea en los labios. Arena, arena, arena. Nunca había visto una playa tan grande.¿Dónde estaba? ¿Qué narices había bebido? Peor aún ¿Qué pasó anoche? Algo debió de hacer para que le dejaran así, tirado como una colilla, pero no lo recordaba, y la cabeza le daba vueltas. Necesitaba beber algo, y ni un chiringuito a la vista. Ni gente. ¿Dónde estaban los guiris requemados, los críos con pelotas de hacer la puñeta, las señoras cotillas, los barrigones con radio portátil?
Se puso en pie y, con la mano como visera, oteó en la distancia. ¿Dónde estará el agua?.
De repente, un brillo.
-Ah...ahí está. El mar. Ahí estará todo el mundo, al lado del agua. Cuando pille a estos cabrones, cobran por dejarme así en medio de la nada...
Se puso a caminar, los pies sumergiéndose en las dunas irregulares, en dirección al lejano brillo. Al mar.
A sus espaldas, una sombra invisible comenzó a seguir el rastro de pisadas cada vez más erráticas. Su mente primitiva no hubiera sabido que hacer del concepto “mar” pero si hubiera sido capaz de pensar racionalmente, sin duda habría bendecido la palabra “espejismo”, que le iba a dar de comer.
Al intentar abrir los ojos sintió el peso de algunos granos que colgaban de sus pestañas. Con cuidado, para evitar que se le metieran dentro, abrió el párpado más alejado del suelo “¡Arrggghhh...cuanto sol! ¡Ciérrate, ciérrate! Sí, mejor así.” Demasiado tarde, una luna roja ya se le había quedado instalada en la retina...mejor esperar a que se fuera...
Otra vez se había quedado dormido sobre la arena, sin toalla, sin quitarse ni la ropa. Los otros debían de haberse reído muchísimo. Había una enorme colección de fotos suyas enroscado, babeante, con cara de felicidad, durmiendo en innumerables playas. No tenía remedio, el sol y el mar siempre le causaban una modorra insalvable.
Tenía la boca seca. Alargó la mano alrededor, tanteando, en busca de la bolsa de las bebidas...nada por aquí, nada por allá....sólo arena y más arena fina y caliente. ‘Dita sea, ¿qué era peor, la quemazón de los ojos o la de la garganta? Decidió seguir a oscuras un rato más, a ver si acababa de despertarse, estaba tonto. ¿Qué día era? Se supone que domingo, claro, pero ni sabía qué playa era esa ni como había llegado hasta allí.
-Espero haber dejado el coche a la sombra-pensó-con la que está cayendo, ¡qué calor!
Se estiró un poco, y su mano cayó sobre algo suave y duro. Una caracola...la estudió con las yemas de los dedos, tenía una forma algo rara...debía estar rota. ¿Funcionan las caracolas rotas? Sin abrir los ojos, se la puso en la oreja a ver si se escuchaba el ruido del mar. No, no iba. Tendría que llamar a Neptunofónica “Sta Sirena, mi caracola está averiada, ja, ja....”
-Bueno, ya está bien, ¿dónde cojones están todos?
Abrió por fin, con cuidado, los ojos. Arena. Volvió la cabeza. Más arena. Se sentó, restregándose las legañas petrificadas. Sólo veía arena ¿dónde estaba el agua?. Miró la concha en su mano, y la soltó, horrorizado. Era el cráneo blanco y pulido de algún tipo de roedor. ¡Mierda, que asco! Lo empujó con el pie dentro de una pequeña duna para intentar enterrar su sensación de repugnancia.
Giró la cabeza en todas las direcciones, aún con la náusea en los labios. Arena, arena, arena. Nunca había visto una playa tan grande.¿Dónde estaba? ¿Qué narices había bebido? Peor aún ¿Qué pasó anoche? Algo debió de hacer para que le dejaran así, tirado como una colilla, pero no lo recordaba, y la cabeza le daba vueltas. Necesitaba beber algo, y ni un chiringuito a la vista. Ni gente. ¿Dónde estaban los guiris requemados, los críos con pelotas de hacer la puñeta, las señoras cotillas, los barrigones con radio portátil?
Se puso en pie y, con la mano como visera, oteó en la distancia. ¿Dónde estará el agua?.
De repente, un brillo.
-Ah...ahí está. El mar. Ahí estará todo el mundo, al lado del agua. Cuando pille a estos cabrones, cobran por dejarme así en medio de la nada...
Se puso a caminar, los pies sumergiéndose en las dunas irregulares, en dirección al lejano brillo. Al mar.
A sus espaldas, una sombra invisible comenzó a seguir el rastro de pisadas cada vez más erráticas. Su mente primitiva no hubiera sabido que hacer del concepto “mar” pero si hubiera sido capaz de pensar racionalmente, sin duda habría bendecido la palabra “espejismo”, que le iba a dar de comer.
piedras
Cayeron de repente, salidas de la nada.
Nadie sabía de dónde, ni por qué.
Las primeras llegaron tímidamente. Abriendo boquetes circulares y ovales en los capós de los coches, en los tejados, en las cabezas despejadas de los viandantes.
Eran tan sólo una mera avanzadilla.
En apenas unas horas llegó el grueso de la tormenta. En manadas. En enjambres. En trombas. Era increíble, pero cierto. No eran meteoritos. Estaban lloviendo piedras, materializándose en medio del aire, a velocidades supersónicas. De todos los tamaños, de todos los colores, de todas las clases, de todas las formas imaginables. El estruendo de su llegada era inenarrable.
A algunos les cayó la lotería. Literalmente. No es lo mismo ser liquidado por un simple basalto de 10 kgs, que caer atravesado con precisión por una valiosísima y fina esmeralda en bruto. En bruto, literalmente.
Para todo, hasta para morir de una forma inexplicable y absurda, siempre ha habido clases.
Fueron varios días de inconstante tormenta pétrea, al ritmo irregular de una sesión de jazz improvisada. Música destructiva de petrificada solidez. Gota a gota, marejadada a marejada, en acordes y solos repiqueteantes.
Y, súbitamente: el silencio.
Tal como comenzó, terminó.
Sin una explicación, ni buena, ni mala.
Después...vinieron la invención del paraguas blindado y la profusión de afectados del Síndrome del Cuello Retorcido: a muchos les quedó la fijación de ir mirando permanentemente hacia arriba. La fundación de la Iglesia de la Santa Roca Volante, y la invasión de Corea del Norte por parte de los americanos - al perro de Bush se lo había cargado una llovizna de granates y rubíes. Si había que culpar a alguien por ello, estaba claro que tenía que ser a los rojos.
Me gustaría poder decir que todo cambió, que mi ciudad nunca volvió a ser la misma. Pero no. Fue tan sólo una de tantas historias extrañas a las que tener que adaptarse. Algo que digerir lo más rápido posible, para poder continuar con la regularidad de nuestras vidas instaladas en la rutina.
Pero desde entonces contemplo mi colección de minerales del mundo con una nueva perspectiva. Con ojos más abiertos. Con la puerta de la sospecha siempre entornada.
He forrado sus expositores y vitrinas con el mejor terciopelo rojo y negro que se pueda encontrar, para que se encuentren más a gusto.
Por si acaso. Sólo por si acaso.
Nunca se sabe.
Nadie sabía de dónde, ni por qué.
Las primeras llegaron tímidamente. Abriendo boquetes circulares y ovales en los capós de los coches, en los tejados, en las cabezas despejadas de los viandantes.
Eran tan sólo una mera avanzadilla.
En apenas unas horas llegó el grueso de la tormenta. En manadas. En enjambres. En trombas. Era increíble, pero cierto. No eran meteoritos. Estaban lloviendo piedras, materializándose en medio del aire, a velocidades supersónicas. De todos los tamaños, de todos los colores, de todas las clases, de todas las formas imaginables. El estruendo de su llegada era inenarrable.
A algunos les cayó la lotería. Literalmente. No es lo mismo ser liquidado por un simple basalto de 10 kgs, que caer atravesado con precisión por una valiosísima y fina esmeralda en bruto. En bruto, literalmente.
Para todo, hasta para morir de una forma inexplicable y absurda, siempre ha habido clases.
Fueron varios días de inconstante tormenta pétrea, al ritmo irregular de una sesión de jazz improvisada. Música destructiva de petrificada solidez. Gota a gota, marejadada a marejada, en acordes y solos repiqueteantes.
Y, súbitamente: el silencio.
Tal como comenzó, terminó.
Sin una explicación, ni buena, ni mala.
Después...vinieron la invención del paraguas blindado y la profusión de afectados del Síndrome del Cuello Retorcido: a muchos les quedó la fijación de ir mirando permanentemente hacia arriba. La fundación de la Iglesia de la Santa Roca Volante, y la invasión de Corea del Norte por parte de los americanos - al perro de Bush se lo había cargado una llovizna de granates y rubíes. Si había que culpar a alguien por ello, estaba claro que tenía que ser a los rojos.
Me gustaría poder decir que todo cambió, que mi ciudad nunca volvió a ser la misma. Pero no. Fue tan sólo una de tantas historias extrañas a las que tener que adaptarse. Algo que digerir lo más rápido posible, para poder continuar con la regularidad de nuestras vidas instaladas en la rutina.
Pero desde entonces contemplo mi colección de minerales del mundo con una nueva perspectiva. Con ojos más abiertos. Con la puerta de la sospecha siempre entornada.
He forrado sus expositores y vitrinas con el mejor terciopelo rojo y negro que se pueda encontrar, para que se encuentren más a gusto.
Por si acaso. Sólo por si acaso.
Nunca se sabe.
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